La conversión de la selva del Guaviare en un territorio productivo y civilizado (para sostener economías extractivas ilegales y legales) equivale a la muerte en vida del pueblo indígena de los Makuk. Un desacierto más de las políticas públicas. 

Fuente: La Silla Vacia

Por Fredy Cante

Los Nukak han sido la única tribu indígena nómade que, hasta hace poco, deambulaba libremente por las selvas del Guaviare para tomar de la naturaleza pescados, micos y frutos silvestres, con el fin de colmar una modesta y sana dieta más que suficiente para sostener a unas pocas decenas de indígenas de este pequeño pueblo.

Desde comienzos del presente siglo, debido a la invasión de colonizadores académicos y religiosos, de colonos que violentamente potrerizan las selvas y, en especial, de buscadores de rentas que han implementado el cultivo y procesamiento de la coca, y la minería ilegal (en especial del coltán), la selva ha sido profanada.

Con la invasión y trasnsformación destructiva del territorio selvático,  que es parte de este pueblo indígena, la tribu de los Nukak sometida al desplazamiento forzado. Dentro de los actores extractivistas y buscadores de rentas se han destacado las hoy desmovilizadas guerrillas de las FARC, que en estos parajes hasta hace muy poco tuvieron (¿y acaso tienen aún?) su muy rentable locomotora minero-energética.

Hacia finales del año 2012 tuve mi primer contacto con algunos indígenas Nukak. En una solitaria carretera, hacia las afueras de San José del Guaviare, vi sus cuerpos semidesnudos que me permitieron descubrir y dejarme sorprender por su físico atlético y por su piel íntegramente sana y limpia.

Esa visión, me permitió constatar que, efectivamente, ellos habitaban otro mundo: gozaron hasta hace poco de una existencia plena de movimiento y, simultáneamente, de ocio… algo por completo opuesto al hacinamiento, sedentarismo y tráfago que sufren las gentes de la dura urbe.

Un año después, en el contrahecho casco urbano de San José del Guaviare, un pueblo con calles destapadas y sucias, pero algunas casas extremadamente lujosas y algunos otros rastros pretéritos de la economía traqueta, fui testigo de dos hechos decepcionantes.

En las calles de la vida nocturna, en frente de los restaurantes y de las tiendas, se aglutinaban indígenas Nukak para pedir limosna. En dos de los sucios y hacinados albergues en donde mal vivían unas decenas de estos indígenas desplazados, vi que algunos de ellos se entregaban al consumo de dos de los más grandes venenos de la sociedad de consumo: beber Coca-cola, y jugar con celulares.

El violento desplazamiento forzado de la tribu de los Nukak es diferente y quizás, más grave y destructivo, que el desplazamiento que sufren campesinos y otros pueblos más absorbidos por la llamada civilización.

Estas son las peculiaridades:

a. Los actores violentos, como las FARC, y otros grupos ilegales, cumplieron con su labor de terror y así contribuyeron a desplazar a este pueblo. El peculiar desplazamiento forzado de los Nukak consistió en abandonar la selva y suspender dramáticamente una economía basada en la recolección de frutos y animales silvestres, y un modo de vida nómade.

b. Los presuntos actores legales y no-violentos (las agencias del Estado colombiano y el sector privado de la región del Guaviare) están ejecutando una cura peor que la enfermedad. A este pueblo, forzosamente desplazado, lo han sedentarizado y confinado violentamente.

Para evitar una muerte al contado (muy escandalosa mediáticamente como lo sugeriría el gran Maquiavelo), los funcionarios, tecnócratas y mercaderes han optado por la “muerte a crédito” (para retomar el expresivo título de la novela escrita por Ferdinand Celine). La dosis mortal, a cuotas,  comienza con una política paternalista, intensa en dietas alimenticias completamente diferentes a lo habitualmente consumido por los Nukak; continúa con un aprendizaje forzoso para que los sobrevivientes abandonen su cultura y adopten las costumbres del hombre blanco; y la muerte en vida de los indígenas (la pérdida de su cultura y su transformación en colonos y mendigos) se consolida con la brutal transformación del territorio selvático en terrenos “productivos” y “rentables”.

El etnocidio de los Nukak es la muerte de un pueblo y la desaparición de una selva. Su desaparición implica la mutación de una parte de nuestro ser, de nuestra historia y de nuestro territorio. La muerte colectiva de un pueblo indígena es mucho más grave que el asesinato sistemático de líderes sociales que, a pesar de lo valiosos y singulares, se pueden reemplazar con otros que sigan sus pasos y, en especial, con otras formas de liderazgo y de acción colectiva.

El retorno de los Nukak implicaría la preservación de la selva del Guaviare. La política más sensata y la más sana sería la de salvar la selva (el medio ambiente natural es parte de este pueblo, quitarles ese ambiente es matarlos). Salvar la selva implicaría dejarla intacta, sin las economías ilícitas de coca y de minería que tanto han gustado a los actores violentos como las FARC, y también entrañaría atentar contra las expectativas de los buscadores de renta de los gremios legales y poderosos… quienes deben estar pensando en expandir la frontera civilizatoria para meter ganado y monocultivos para biocombustibles.

Unos argumentos y una información más completa sobre el desplamiento de este pueblo aparecen en la tesis de Maestría titulada “el desplazamiento forzado del pueblo Nukak Wayarimuno en Colombia: un caso de etnocidio”, escrita por mi colega mexicana Adriana Sosa Solis, de la facultad de ciencias políticas y sociales de la UNAM.