Los riesgos del extractivismo y el desarrollo sostenible para la protección de la amazonía colombiana y de sus pueblos indígenas

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Al recorrer la Amazonía colombiana, considerada una de las regiones más conservadas del planeta, se ven paisajes y se perciben aromas y sensaciones que muy pocas personas imaginan que existan todavía sobre esta Tierra.

Es un entorno muy poco intervenido por el ser humano, ya que las culturas que lo han habitado durante miles de años y hoy son sus guardianas tienen una visión del mundo y de sus relaciones con él completamente diferente al paradigma antropocentrista tradicional de Occidente.

La extrañeza que a muchas personas causan estos lugares, por recibir de ellos experiencias distintas de las de su cotidianidad y por conocer estas culturas, puede obedecer a que día tras día nuestra sociedad se ha acostumbrado a magnifcar y a
admirar ciudades en donde los estándares de belleza, de progreso y de desarrollo están en las enormes edifcaciones, monumentos o museos que a través de la historia ha construido la humanidad. Lugares donde se exalta la grandeza del ser
humano, su poder, su capacidad de creación, aunque también allí se refleje su capacidad de destrucción como especie.

En este siglo XXI, esa visión antropocentrista de la sociedad ha entrado en crisis. Aunque algunos políticos y líderes mundiales no quieran reconocerlo, estamos viviendo momentos difíciles como humanidad, no solo por las guerras o la pobreza que hemos creado, sino, por algo aún más impactante: la transformación de nuestro entorno. Entorno que hemos llamado durante centenas de años “naturaleza”, a la que hemos estudiado, cosificado, transformado y explotado como si fuera un objeto, nosotros, los sujetos y beneficiarios de su aprovechamiento.

La humanidad empezó a hablar de estos temas en los pasados años 70, en conferencias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) convocadas por la presión de un movimiento social, académico y político de todos los continentes. Este movimiento mundial denunciaba el cambio climático, la crisis energética global ocasionada por el uso de combustibles fósiles, el aumento de la pobreza y la acumulación de la riqueza que cada día quedaba en manos de muy pocos.

 

En esa época, mediante marchas y foros, este movimiento les exigía a los líderes mundiales cambiar el modelo económico internacional y atender la crisis climática global. A pesar de eso, de ese entonces a hoy, las cosas no se han dirigido a atender esas exigencias. Al contrario: la economía internacional se corporativizó aún más y eso condujo a una mayor centralización; los combustibles fósiles (petróleo, carbón, gas, etcétera) siguieron siendo la fuente energética principal en el mundo, causa central de guerras y conflictos mundiales, y el cambio climático no pudo ralentizarse; más bien, aumentaron las emisiones de gases de efecto invernadero lanzadas a la atmósfera por nuestras industrias.

Ahora son más evidentes las consecuencias de esta crisis tan anunciada. Vivimos cambios agresivos del clima en distintas regiones del mundo, terremotos, varias especies entran en vía de extinción y se anuncia la desaparición de regiones del
planeta. Como las islas Fiji, cuyos representantes lideraron la reciente cumbre global sobre cambio climático en Bonn, Alemania, y lanzaban un grito de auxilio ante su futuro y el de todas las islas que están en riesgo de extinguirse en los próximos 100 años.

Ante catástrofes como estas, la gente de la ciencia también anuncia con tono de esperanza que la Amazonía, como pocos lugares del mundo, pueden salvaguardar el aire de la Tierra, la biodiversidad, el equilibrio climático y el agua. Territorio ubicado en Suramérica, cuenta con 7,4 millones de km2 y representa el 4,9 % del área continental mundial. Hace parte de varios países: Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, Brasil, Guyana, Surinam y Venezuela. La cuenca del río Amazonas es la más grande del mundo y por ella pasa un promedio de 230 mil m3 de agua por segundo, que corresponde aproximadamente al 20 % del agua dulce de la superfcie terrestre (Cepal y Patrimonio Natural, 2013: 14).

En este contexto y por la importancia de este tema, lo primero por decir es que nuestro escrito tratará de la protección de la Amazonía, específicamente, de la colombiana, según algunos, la más conservada; y cómo las políticas extractivas en
estos territorios ponen en grave riesgo su biodiversidad y sus pueblos. Al respecto, el gobierno colombiano ha emprendido unas acciones y políticas públicas que dicen dirigirse a la protección de este territorio, pero son insuficientes y contradictorias si se miran en relación con el reciente avance del modelo extractivista. Los marcos legales también son limitados para enfrentar un debate aún más profundo en materia política, económica y jurídica: no solo debemos proteger a la Amazonía por su verde, sino por su cultura.

 

En las siguientes páginas, queremos mostrar que esas políticas fallan porque el Estado colombiano no concibe de manera integral la protección de la Amazonía, bajo una categoría cultural y ambiental en equilibrio. Y además de esa falla conceptual,
señalamos que el modelo extractivo propuesto para esta región es incompatible con la conservación de la biodiversidad y la cultura ancestral. En la misma perspectiva, ni el Estado, ni la sociedad colombiana hemos aceptado que hay modelos alternativos de vida que han sido fundamento de ese territorio y la base de la cosmovisión de los pueblos indígenas durante más de 6 mil años.

Y, menos, los hemos comprendido. Queremos ignorar además que esos modelos son la razón de que la Amazonía se haya conservado. Como sociedad, hemos desconocido lo valioso de aprender de otras culturas, de otros pueblos que con su cosmovisión y conocimiento han atesorado un saber para relacionarse con la naturaleza y vivir en equilibrio con ella.

Necesitamos y es un deber plantearnos la preservación de los pueblos indígenas, desde el respeto cultural, que se basa en otro paradigma de desarrollo, no desde el antropocentrismo clásico, sino desde el pensar la naturaleza y el ser humano como un solo sistema que se basa en el equilibrio y en una interdependencia consciente.

La sociedad, la democracia y la política económica en Colombia deben comprender y aceptar que en nuestros territorios existen otras formas de pensar, otros paradigmas de relacionamiento entre el ser humano y la naturaleza. Hoy debemos abrir un espacio legal y político a la existencia y la conservación de otras formas de ser, de pensar y de relacionarnos para desde allí actuar políticamente y legislar en un futuro cercano. Hoy somos testigos de esta situación, pero también, quienes
podemos hacer un cambio.

 

Los riesgos del extractivismo y el desarrollo sostenible para la protección de la amazonía colombiana y de sus pueblos indígenas

 

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